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25 de Marzo 2017

En Aruba pude volar sobre el mar, LITERAL

Christian Byfield -
Colombia

 

Empieza el segundo día, estamos sobre nuestros ´yoga mats´ en una de las zonas más altas de la Isla. Tenemos un tanque de agua gigante al lado, música relajante acompañando el sonido del mar y una vista 360 grados que a medida que el sol fuera saliendo, nos permitiría verla con más claridad, la sesión de yoga culmina, todos estamos relajados y listos para explorar Arikok, el parque natural de la Isla que cubre el 30% del país. 

 

Cactus, pájaros de varios colores, pericos; es una zona algo seca, ya entiendo porque el aloe vera fue tan común por estos lares. El mar con olas más fuertes, con más energía. Ninguna construcción humana, una vibra muy especial. Vamos en carros, uno se siente como en tipo safari recorriendo esta zona. 

 

Llegamos a las ruinas de Bushiribana, unas ruinas de lo que fue en su entonces una mina de oro, tiempo atrás los españoles estaban buscando oro por donde fuera, pero en su primera búsqueda no encontraron mucho, así que llamaron a este lugar, “la Isla de inútiles.” Años después, un pequeño campesino se encontró una pepa de oro y todo cambió, el nombre ya no era “la Isla de inútiles” sino “oro hubo” y como una especie de teléfono roto terminó llamándose tiempo después: ARUBA

 

El oro se lo llevaron y las ruinas quedaron; es una construcción a base de piedras grandes sin techo, da para ver por las ventanas el mar y sentir el viento pasar. ¡Una construcción poco común! 

 

El recorrido sigue hasta una nueva piscina natural que hace poco fue descubierta, camino descalzo sobre las piedras hasta verla, su nivel sube y baja a medida que las olas vienen y van. Me subo a una piedra, la claridad del agua me permite ver que puedo saltar sin problema, lo hago, siento el vacío y caigo a la piscina natural

 

Hora de caretear en una zona con olas muy tranquilas, agua impecable y mucha vida salvaje, me pongo mis aletas y vuelvo a saltar al inmenso mar. Oigo mi respiración, empiezo a ver corales de arrecife, peces globo, cardúmenes de cirujanos, calamares, peces loro comiendo coral y muy al fondo, observo algo moverse que me emociona: Un caparazón café con una tortuga adentro.

 

Momento para almorzar en un picnic playero, la comida está exquisita, saludable y para nada pesada. La persona encargada del catering advierte que en cualquier plan romántico no es aconsejable la comida pesada, y es que ese tipo de planes son muy comunes en la Isla Feliz. Caigo rendido en los cojines después de comerme un tartar de salmón y una mimosa con varias frutas, recargo energías con una siesta corta. 

 

Mi agenda del día está apretada, el famoso Jet Lev espera por mí, algo que nunca en mi vida he hecho, firmo un documento asumiendo los riesgos de la actividad, así que si estoy firmando un papel de esos, es porque algo bueno se viene.

 

Mis dos instructores locales, me ponen el casco y me amarran a un chaleco que me hará volar en el agua, lo haré gracias a dos tubos que llevo en él, los cuales expulsan agua con tanta presión que lentamente me harán volar y caminar sobre el agua. Me dan instrucciones básicas al ponerme mi casco, éste cuenta con un micrófono en el oído derecho para poder escuchar al guía y sus indicaciones. La clave: respirar profundo y relajarse. 

 

¡Al agua patos (voladores)! Se prende el motor, agua empieza a salir de los tubos en mi espalda, me empiezo a mover, uno de los asistentes me ayuda a movilizarme, el otro desde tierra firme me da indicaciones por el audífono en mi oreja derecha, lentamente le va metiendo potencia a los chorros del agua, me voy elevando. 

 

Los movimientos que tengo que hacer con los brazos tienen que ser muy lentos, a medida que voy acostumbrándome, el instructor mete más potencia al chorro y me elevo más. Miro hacía arriba, se ven las olas pequeñas en el mar, las palmeras, varios turistas mirando con asombro la máquina que tengo en mi espalda.

 

Cada vez me siento más cómodo, doy las curvas con mayor facilidad, vuelo más alto. El instructor cantaba con buena entonación "I believe I can fly, I believe I can touch the sky", sonrió, me meto en el cuento que efectivamente puedo volar. 

 

Me lo creí tanto que doy mal una vuelta, pierdo el control, subo y de la nada pierdo la estabilidad al volar, estoy a unos tres metros del agua; empiezo a caer con potencia, todo pasa muy rápido, el corazón me palpita, caigo, un golpe no muy emocionante de tener, mis dientes chocan entre sí. Una vez flotando y con un guía pendiente que estuviera bien, me paso la lengua por los dientes, algo anda mal, siento dos pequeñas desportilladas en mis dientes delanteros, el instructor me confirma que efectivamente me los partí, no siento dolor alguno. 

 

Con la cabeza algo mareada del golpe, pienso en mi papá, de chiquito siempre me dijo que, si me caía de un caballo, tenía que volver a subirme. Asumiendo que esto es un caballo volador, no podía dejar el intento fracasar, las turbinas se prenden, con algo de temor empiezo a volar de nuevo, me impulso, el instructor me dice que mueva los dedos de mis manos como muestra que estoy relajado. 

 

Vuelo por los aires arubianos, encima de ese mar lleno de colores, vuelvo a tierra firme, me quito mi casco, miro mis dientes, no es necesario ir a un dentista, pocos días quedan en este país para disfrutar. 

 

Seis caballos esperan por nosotros en Arikok, el parque que ocupa el 30% de la Isla, vamos viendo el paisaje, cactus, pájaros llenos de amarillo con un canto poderoso nos acompañan hasta llegar a la caballeriza. Nos bajamos del carro, empieza a oler a finca, nos recibe uno de los contados herreros que tiene Aruba, quien llegó acá veinte años atrás de vacaciones y por cuestiones de amor se quedó a vivir en lo que él denomina un paraíso donde solo se respira paz y tranquilidad. 

 

Saludo a Sultana, mi yegua de la tarde, me subo por la parte izquierda, riendas en mano y que empiece la cabalgata. Es un momento muy especial para despedirse del sol, salimos todos detrás del guía de cabecera. Si montar en caballo es rico, al adicionarle mar, playa y atardecer queda un plan absolutamente increíble. Hay momentos donde nadie habla, uno mira el mar, la montaña, los cactus y sus pájaros. ¡Paz absoluta!

 

Nuestro guía nos cuenta cosas del país, sobre los dividivi, un árbol que se deja influenciar por el viento y sus ramas siempre apuntan al norte, así que si me pierdo en la Isla, sigo la dirección de los dividivi y llego a mi hotel. Detalles que me alegran la vida, poderle preguntar a un árbol hacia dónde queda el norte. 

 

El sol se esconde por la montaña; minutos después, ni siquiera sus rayos se dejan ver, se fueron a iluminar el otro lado del mundo. Nosotros volvemos a la caballeriza, le doy las gracias a Sultana, los pájaros dejan de cantar, le ceden el turno a los grillos e insectos nocturnos, las estrellas salen, y así, nosotros nos montamos en nuestra van rumbo a Oranjestad

 

Comida sabrosa en Papiamento, un restaurante muy tradicional de la Isla, con mesas al aire libre, debajo de un ficus (árbol muy lindo, en el que los pájaros les gusta hacer sus nidos) y muy buen ambiente. Este era el restaurante favorito de la reina de Holanda cuando venía, entiendo el porqué. Brindamos con el primer cóctel, comemos y yo me caigo de sueño, pido las llaves del carro para ir a dormir. Muchas actividades y emociones en un solo día.